miércoles, 29 de mayo de 2013

Caos neuronal.

Decepción. Resignación. Incapacidad. Dolor de cabeza.

Solo puedo pensar en lo que me duele la cabeza. Las ideas, desorientadas, se arremolinan en las esquinas de mi cerebro, algunas agazapadas por el miedo, otras ocupando más espacio del que debieran.

No hay nada, en realidad. Todo está vacío. Todo es vacío. No hay nada más allá de la nada.

Sigue doliendo, punzante, latiendo... Cierro los ojos con fuerza, y solo consigo agravar la sensación de mareo, de incapacidad para concentrarme.

No hay soluciones, no hay salidas, no hay luces. Únicamente sombras; oscuras, amorfas, pegajosas.

Entreabro los ojos, la luz me molesta, me daña como si un cristal afilado arañara mi retina. Siento debajo de los párpados infinitos pedacitos de alambres que se clavan con desesperación. Que se vaya, que la apaguen, que se la traguen.

Las neuronas siguen a lo suyo, en una orgía de conocimiento absurdo y caótico.
No hay respuestas porque no existen las preguntas. No hay escapatoria porque no existen las salidas. Atrapadas, ingenuas, envueltas por una absurda consciencia que se acerca más a la necedad que a la iluminación.

Toda la noche en vela, de fiesta, drogadas, extrañas, sin rumbo... Mis ideas.

Apatía. Tristeza. Desilusión. Dolor de cabeza.

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